¿Te has preguntado alguna vez qué tipo de sonido de fondo es cómodo para una persona?
Los científicos dicen que unos 10 decibelios: es el sonido de las hojas o el murmullo de un arroyo. El volumen de una conversación tranquila ordinaria es de unos 40 dB, y el nivel de 70 dB ya se considera el máximo admisible, más allá del cual comienza el daño, informa el corresponsal de .
Ahora imaginemos que para muchos niños la lección escolar va acompañada de 60 dB y más – esta es la realidad permitida por las normas sanitarias, pero no por ello es menos destructiva para la salud. Un profesor autoritario que utiliza los gritos como método de gestión de la clase no sólo es un golpe a la disciplina, sino también a la fisiología.
Estos gritos provocan en el niño una fuerte inhibición en la corteza cerebral, incapacitando su mente para formar conceptos precisos y bloqueando literalmente el proceso de aprendizaje. En lugar de aprender, el cerebro pasa al modo de supervivencia, reaccionando ante el profesor como una fuente de amenaza.
Las consecuencias de este estrés crónico se manifiestan en las estadísticas: en las clases con profesores gritones y antipáticos hay una mayor incidencia de enfermedades y más trastornos neurológicos que en las clases con profesores tranquilos y atentos. En este caso, el ruido no es sólo un irritante, sino un factor patógeno en toda regla.
Los estudios demuestran que las personas expuestas regularmente a ruidos fuertes tienen más probabilidades de desarrollar no sólo pérdida de audición, sino también úlcera péptica, hipertensión y neurosis. Los niños, con su mayor sensibilidad al estrés, son especialmente vulnerables a esta violencia acústica, que algunos educadores confunden con eficacia.
Personalmente, recuerdo a mi profesor de matemáticas, cuya voz áspera hacía que incluso los alumnos excelentes se apretujaran en el pupitre. No temíamos una mala nota, temíamos ese bramido repentino que paralizaba la voluntad.
No en vano, según el Ministerio de Educación de la época, el 40% de los niños no quería ir a la escuela, y sólo el 10% se alegraba de conocer a los profesores. Este estilo de comunicación crea un círculo vicioso: el profesor que grita empieza a gritar a los alumnos, adoptando el modelo de interacción como norma.
La atmósfera de tensión constante reina en el aula, donde la depresión, la ansiedad y la agresividad se convierten en rasgos comunes del perfil psicológico de los niños. La solución pasa por la transición de la pedagogía de la coacción a la pedagogía de la cooperación.
Cuando el aprendizaje se basa en las emociones positivas y el bienestar psicológico, su productividad aumenta y la salud de los niños no se expone a riesgos adicionales. La tarea de la escuela no es intimidar, sino interesar, y esto no es sólo una cuestión de ética pedagógica, sino también de seguridad médica.
El grito del profesor no es una herramienta, sino una sirena de emergencia que señala la impotencia profesional. Su daño se mide no sólo en mal humor, sino también en diagnósticos médicos reales que pueden acompañar a una persona de por vida.
El silencio en el aula no es una exigencia disciplinaria, sino un requisito básico para el desarrollo sano del cerebro de los niños.
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