Cada vez que sale a pasear, la nariz de su perro se sumerge en un océano de olores, mientras que usted sólo ve aceras grises y muros de casas.
Para el perro de ciudad, su nariz se convierte en su principal herramienta de navegación y fuente de noticias, convirtiendo un aburrido dwori en una apasionante novela épica, informa .
El aire de la metrópoli está saturado de historias moleculares sobre transeúntes, gatos, parientes y otros mil acontecimientos invisibles a los ojos.
Este olfateo no es curiosidad ociosa, sino un intenso trabajo analítico. El cerebro del perro está procesando datos complejos en ese momento: edad, sexo, estado de salud y emocional del marcador, hora de su aparición e incluso estatus social.
Si privas a tu mascota de la oportunidad de «leer» plenamente este diario de olores, le condenas al hambre de información y al aburrimiento, que a menudo se traducen en comportamientos destructivos en casa.
Así, un recorrido que a usted le parece monótono es diferente para su perro cada día. Un olor nuevo en una farola conocida es como una nota fresca en tu portal de noticias favorito.
Los expertos insisten en que veinte minutos de «rastreo olfativo» cansan más a un perro que una hora de trote junto a una bicicleta, porque supone un esfuerzo para el principal órgano cognitivo. Así es como un animal mantiene su higiene mental en un mundo donde se suprimen casi todos los instintos naturales.
Los dueños que arrastran apresuradamente a su mascota por el camino más corto hasta casa están cometiendo una pequeña pero cotidiana traición.
Ignoran una necesidad básica de su amigo, cuya vida gira literalmente en torno al sentido del olfato.
Deje que su perro elija su propio ritmo y puntos de interés, y verá cómo vuelve mucho más satisfecho y relajado al piso. Su mundo no está confinado por paredes, sino que se extiende cientos de metros en todas direcciones, a favor del viento.
El entorno urbano ya es pobre para una bestia que tiene que ir al baño en la acera y apenas siente el suelo bajo sus patas.
El olfato se convierte para él en el último canal de comunicación con la vida salvaje, una forma de sentir el espacio como propio, marcado y comprensible.
Cuando se detiene ante el siguiente arbusto, no sólo está esperando: está reconociendo su derecho a ser no sólo un animal de compañía, sino un perro cuyos mayores descubrimientos se hacen en la punta de su nariz.
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