Parece que un gato que arquea graciosamente el lomo y se enrosca en tus tobillos no es más que una muestra de afecto o incluso una súplica de comida.
Pero detrás de este gracioso movimiento se esconde un ritual mucho más complejo e importante, que puede denominarse diplomacia química, según el corresponsal de .
En el hocico, en la base de la cola y en los flancos, los gatos tienen glándulas especiales que segregan feromonas, secretos que transmiten información sobre su personalidad y estatus. Frotarse contra una persona, la esquina de un sofá o el marco de una puerta significa dejar en ellos su «autógrafo» químico único.
Así es como un gato marca lo que considera seguro y suyo, creando un espacio acogedor y reconocible impregnado de un olor familiar. Tú, tu ropa y todo el piso se convierten poco a poco en parte de su retrato olfativo, una gran extensión de su territorio donde puede relajarse.
Cuando vuelves de la calle trayendo contigo todo un ramillete de olores ajenos, el gato se apresura a «re-significarte», restableciendo la armonía química. Esta acción no son celos, sino un acto de cariño y afirmación de la conexión.
Es como si dijera: «Esta es mi persona, huele como yo, lo que significa que forma parte de mi mundo y está bajo mi protección invisible». Esta es la forma más elevada de confianza social en el sentido felino.
Curiosamente, los gatos también se frotan contra aquellos a los que temen o de los que desconfían, pero lo hacen de forma diferente, normalmente sólo con la mejilla, y se alejan rápidamente. El roce prolongado y relajado de todo el cuerpo, especialmente con los ojos cerrados y ronroneando, es un signo de comodidad absoluta.
Interrumpir este ritual o alejar a una mascota en un momento así es rechazar bruscamente su intento de establecer y reforzar un vínculo. Estas feromonas no sólo etiquetan, sino que también tranquilizan.
Por eso los gatos se frotan con tanto ahínco contra los objetos nuevos de la casa: no sólo los están dominando, sino que están neutralizando la amenaza potencial de un olor desconocido al convertirlo en parte de un entorno seguro. Una vez que se comprende esto, se empieza a ver cada roce no como un accidente, sino como una acción significativa, un pequeño ladrillo en el edificio del bienestar de un gato construido a base de olores.
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