Por qué comer despacio si se puede tragar en cinco minutos: cómo la velocidad convierte el almuerzo en una estrategia

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En un mundo en el que el tiempo es oro, comer rápido parece un signo de eficiencia.

Pero nuestro cuerpo está programado para un escenario diferente: la señal de saciedad del estómago al cerebro tarda entre 15 y 20 minutos, según .

Si comes más deprisa, comerás más de la cuenta porque no te da tiempo a sentirte saciado. El proceso digestivo empieza en la boca, no en el estómago.

Masticar bien no sólo pulveriza los alimentos, sino que también los satura con enzimas salivales que desencadenan la descomposición de los hidratos de carbono. Al tragar trozos, te privas de este paso crucial enviando al estómago una «carga» no preparada, lo que provoca pesadez, hinchazón y mala absorción de nutrientes.

Comer deprisa, bajo una telenovela o con estrés pone al cuerpo en modo simpático («golpear o correr»), en el que la sangre fluye de los órganos digestivos a los músculos. La comida se pudre literalmente en un estómago no preparado, y se obtienen beneficios mínimos y molestias máximas, aunque se coma la ensalada más sana.

La alimentación lenta y consciente consiste en cambiar al modo parasimpático («descansar y digerir»). Cuando te sientas a la mesa, haces una pausa, hueles la comida y dejas los cubiertos entre bocado y bocado, le estás dando a tu cuerpo una orden clara: ahora es el momento de reponer recursos.

Esto reduce el estrés y mejora el metabolismo. La velocidad al comer está directamente relacionada con el aumento de peso, independientemente de las calorías.

Los estudios demuestran que las personas que comen rápido tienen tres veces más riesgo de padecer obesidad. Al reducir la velocidad, no sólo se da al mecanismo de saciedad la oportunidad de funcionar, sino que se empieza a disfrutar más del proceso, no sólo del hecho de que el estómago esté lleno.

Tu comida no es un repostaje, sino un diálogo con tu cuerpo. Cada bocado lento es una pregunta: «¿Ya estoy lleno? ¿Cómo me siento ahora mismo?».

Aprendes a distinguir entre el hambre física y el hambre emocional, a comer para obtener energía en lugar de picar por aburrimiento o ansiedad. Es una habilidad fundamental que cambia tu forma de pensar sobre la comida en general.

No hace falta alargar una comida durante una hora. Basta con añadirle sólo 10-15 minutos de silencio y atención. Apaga la pantalla, siéntate a la mesa, mastica cada bocado 20-30 veces.

Esto no es un protocolo, sino una forma de recuperar el control y el disfrute de uno de tus principales rituales diarios. La comida que se siente sacia muchas veces mejor que la que simplemente se traga.

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