Solíamos pensar que el amor debía ser plano y constante, como una línea en un cardiograma.
Pero una relación duradera de verdad se parece más a un paisaje con colinas y valles, con una primavera tormentosa de pasión, un verano caluroso y ajetreado, un otoño melancólico de reevaluación y un invierno tranquilo y centrado, informa .
La estacionalidad de los sentimientos no es un signo de crisis, sino una indicación de que la relación está viva y creciendo. La primavera de una relación es sinónimo de pasión y descubrimiento, una época en la que uno acaba de conocerse.
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El verano es un periodo de creación: construir una vida en común, una carrera profesional, quizás el nacimiento de los hijos. El otoño suele traer consigo la reevaluación: ¿vamos al lugar correcto?
¿Qué hemos construido? Es una época de conversaciones importantes y cambios a veces dolorosos pero necesarios.
El invierno es una fase de descanso y afecto profundo y tranquilo, en la que la pasión deja paso a una intimidad cálida y experimentada. Los psicólogos dicen que suele ser el periodo otoñal el que causa pánico, cuando los sentimientos brillantes del verano han quedado atrás y el calor tranquilo del invierno aún queda lejos.
Parece que el amor «ha pasado». Pero en realidad no ha pasado, sino que se está preparando para pasar a una nueva calidad.
La tarea de la pareja es no asustarse por este declive, sino atravesarlo juntos, dando a la relación tiempo y espacio para la transformación. Los expertos aconsejan no resistirse a estos ciclos, sino intentar comprender su lógica.
Si ha llegado el «invierno», no intentes provocar por la fuerza la «primavera» con la ayuda de escándalos artificiales o acciones extremas. Es mejor crear un espacio acogedor para esta intimidad invernal: más conversaciones tranquilas, leer juntos, simple presencia silenciosa.
Así la relación descansará y ganará fuerza. El mayor error es pensar que como es «otoño» con su frío, la relación está muerta y hay que huir.
Muchas parejas rompen en esta etapa, sin dar oportunidad a la siguiente, quizá la estación más profunda y valiosa: el amor-amistad maduro y consciente, que no teme ni a las tormentas ni a las heladas. La experiencia personal de parejas que han vivido juntas durante varias décadas confirma que el amor sí tiene estaciones.
Y eso es lo bonito. No te quedas estancado en un estado, sino que recorres un viaje increíble juntos, aprendiendo a amarte de distintas maneras: apasionada, activa, reflexiva, devotamente.
Y cada estación es hermosa y preciosa a su manera. Cuando aceptas esta ciclicidad natural, dejas de asustarte con el primer frío.
Te das cuenta de que no es el final, sólo un cambio de estación. Y con este conocimiento, puedes atravesar cualquier periodo con calma y confianza, sabiendo que al invierno seguramente le seguirá la primavera, y tu amor florecerá de nuevo, quizás en formas nuevas, incluso más hermosas.
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